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| Título original: |
La fille coupée en deux |
| País, año: |
Alemania / Francia, 2007 |
| Dirección: |
Claude Chabrol |
| Producción: |
Patrick Godeau |
| Guión: |
Claude Chabrol y Cécile Maistre |
| Fotografía: |
Eduardo Serra |
| Música: |
Matthieu Chabrol |
| Montaje: |
Monique Fardoulis |
| Intérpretes: |
Ludivine Sagnier, Benoît Magimel, François Berléand, Mathilda May, Caroline Sihol, Marie Bunel, Valeria Cavalli
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| Duración: |
115 minutos |
| Distribuidora: |
Wanda Visión |
| Estreno: |
16 mayo 2008 |
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Miserias de la burguesía francesa
Escribe Juan de Pablos Pons
Unos meses después de haber presentado Una chica cortada en dos en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, Claude Chabrol estrena ahora en las pantallas comerciales españolas la que es su última película hasta el momento. Sin duda se trata de uno de los cineastas más genuinamente europeos, y que con su anterior filme, Borrachera de poder, obtuvo el Premio Especial del Jurado de dicho Festival, en la edición del año 2006.
Hablamos de un cineasta, vinculado a la Nouvelle Vague desde sus inicios y como muchos de sus miembros fue colaborador de Cahiers du Cinema; además, se trata de un director prolífico con una amplia lista de películas en su haber. Desde su primera obra El bello Sergio, dirigida en 1958, pasando por títulos notables como El carnicero (1969), Un asunto de mujeres (1988) o Días tranquilos en Clichy (1990), Chabrol ha sido fiel a un estilo propio y a una temática que ha retratado con insistencia: el esplendor y la miseria de la vida burguesa.
El filme que nos ocupa se basa en unos hechos reales acaecidos a primeros del siglo pasado. El 25 de junio de 1906, el heredero Harry Kendall Thaw, presa de sus celos patológicos, asesinó en el Madison Square Garden de Nueva York al arquitecto Stanford White, que había tenido un affaire con su esposa, la modelo Evelyn Nesbit. El incidente inspiró en 1955 la película de Richard Fleischer La muchacha del trapecio rojo y Chabrol retoma este argumento, trasladado a un entorno de provincias, tan querido por él.
Un maduro escritor amigo de ciertas perversiones erotómanas (François Berléand), un joven engreído, prepotente e inmaduro (Benoît Magimel) y una atractiva presentadora de televisión en busca de experiencias que llenen su vida (Ludivine Sagnier) son los elementos del triángulo afectivo con el que el director francés dibuja el conflicto de relaciones, situando la acción en el Lyon de nuestros días.
Con motivo de la presentación de la película en el Festival de Cine de Sevilla, Claude Chabrol explicaba en los siguientes términos su interés por esta historia basada en hechos reales:
“Deseábamos ceñirnos únicamente a la realidad del suceso para subrayar, un poco a la manera de un entomólogo, lo mucho que dice este caso acerca de la naturaleza humana. Por ello nos pareció fundamental trasladarlo totalmente, sin preocuparnos en absoluto por el lugar, la época o la psicología de los personajes reales. De hecho, yo diría incluso que el suceso resulta más fácilmente imaginable –y, por tanto, trasladable– hoy en día que en la época en la que se produjo.”
En cuanto a la construcción de los personajes y su entramado de relaciones afectivas afirmaba:
“Ellos mismos se ven con un prisma deformador, pues la mayor parte del tiempo son enormemente indulgentes con su propia persona. Este es el caso especialmente del personaje de Benoît Magimel, que está más loco que los demás: es un auténtico esquizofrénico, dividido entre inocencia y culpabilidad.”
La violencia exteriorizada por los diferentes personajes, según las claves manejadas por Chabrol, quiere expresar la tensión latente entre las relaciones de clases. Se trata sin duda de un componente recurrente en la obra de este veterano cineasta.
Visto el filme con la perspectiva de toda la obra de Chabrol, cabe decir que se enmarca en su estilo particular, bajo la forma de un melodrama pasional, que recurre a fórmulas ya repetidas por el director de La mujer infiel (1968), aunque en este caso matizadas por una cierta ironía, que cara al espectador se trastoca en caricatura. Los personajes resultan poco creíbles, ya que aparentemente son arrastrados por un destino fatal que resulta demasiado evidente.
Los celos, las diferencias entre clases sociales y ciertas formas de perversión sexual, presentados en una historia situada en nuestros días, resultan anticuados y poco creíbles para una interpretación actual de estas cuestiones. La insistencia en retratar “la descomposición del moralismo burgués” resulta repetitiva, y su tozudez en criticar las bases de un puritanismo trasnochado, se vuelven al final contra el propio autor de la crítica.
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