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36ª edición del festival de cine de Huesca (3): cine día y noche Imprimir E-Mail

Apocalipsis y humor
Escribe Adolfo Bellido
(Huesca: 12 junio 2008)

Huesca es uno de los festivales más importantes que existen en España en el apartado de cortometrajes. El más antiguo después de Bilbao y entre los cinco más destacados, junto al citado de Bilbao, Cinema Jove de Valencia y algún otro.

Cincuenta cortos se han proyectado en el apartado iberoamericano (sección que se desarrolló durante los primeros días) y otros cincuenta aproximadamente en el apartado internacional. A eso hay que unir unos veinte documentales. Todo un récord de participación y también de presencia de cortometrajistas de distintos países que hablan, discuten, presentan y se abren a un coloquio final sobre sus películas con el público asistente.

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Todo unn carrusel de cine, de realizadores y de espectadores. Como ejemplo del interés internacional que suscita este festival habrá que decir que más de mil películas acudieron a la llamada competitiva. Ha sido una labor de selección exigente y ardua.

Sí, también de espectadores, porque se puede considerar un gran éxito llenar la sala donde se proyectan los cortos teniendo en cuenta que Huesca es una ciudad de unos cincuenta mil habitantes. Público que también llena las sesiones nocturnas de cine europeo reciente con la ansiedad de ver algunas de las mejores películas del momento. Varias ya estrenadas en distintas capitales, pero no en la ciudad oscense.

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En los cortometrajes se mezcla experimentación, ficción y animación. Duraciones también muy diversas en las producciones, que van desde los cinco a lo diecinueve minutos. Los realizadores presentes presentan al principio sus cortos. Por aquí, y dentro del apartado iberoamericano, ha pasado ya el flamante ganador del Goya al mejor cortometraje, Abdeladif Hwidar, con su Salvador (Historia de un milagro cotidiano), filme valenciano que también venció en los últimos premios Tirant.

El 11 de junio le tocó el turno a los cortos apocalípticos, quizá como reflejo de este mundo que parece golpearnos diariamente. Un poco de sonrisa u optimismo tampoco viene nada mal. No es así lo que piensan el director francés Mathieu Busson con Uberts, el canadiense Kaveh Nabatian con Sunday afternoon, el bosnio Ivan Ramadon con Tolerancia o, por citar otro caso, el suizo Alberto Moroni con Ombre. Todos optan por lo trágico y oscuro. Dramas destructivos que presentan mundo presentes o futuros en los que no hay salvación posible.

Uberts es un viaje hacia la muerte en el encuentro con el mar de dos personajes: Uberts, un discapacitado de treinta años, y su primo, que le ha recogido tras la muerte de la madre de aquél. Película triste, bien rodada, pero alargada con situaciones forzadas, como es la inclusión del personaje de una joven.

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Sunday afternoon es como una especie de resumen de La niebla de Stephen King de Frank Darabont. Algo extraño que llega de fuera y a lo que, sorprendidos, asisten cuatro personajes encerrados en un supermercado (para que la relación sea aún mayor). Personajes de distinta edad y raza que tratan de comunicarse entre sí sin apenas conseguirlo. Uno de los cuatro protagonistas sueña con catástrofes sin cuento, entre ellos con un niño que no se sabe qué tiene que ver con lo rodado, pero bueno…

Ombre también es un filme sobre los miedos, los peligros que llegan de fuera, en esta ocasión en un entorno familiar: un abuelo y una nieta atrincherados (ahora) en una casa. En la película bosnia se opta por la animación para narrar otra historia de destrucción y muerte: dos seres que después de esforzarse en construir sus “pirámides” adoratorias se esfuerzan por destruir la del vecino y destruirse. Nada nuevo, por supuesto, bajo el sol. Egoísmo, soberbia, creerse “dioses” únicos y destructores…

yo_servi_rey.jpgMenos mal que por la noche se proyectó la última película del “viejo” checo Jiri Menzel, Yo serví al rey de Inglaterra, un filme lleno de vitalidad como todos los suyos. Mezcla de estilos para definir la historia de un superviviente nato, un “pequeño” hombrecillo que quiere convertirse en multimillonario. Dinero, sexo y política se unen en una obra que cuenta, en varios flashbacks, la vida del protagonista desde principio del siglo XX hasta los años posteriores a la terminación de la segunda guerra Mundia.

Menzel utiliza técnicas de cine antiguo, toma como modelo la comedia americana con su champán y sus tartas de crema, inunda la pantalla de sensualidad y sexualidad. Pero ocurre lo que a la mayoría de los filmes del director checo: alarga la película y, poco a poco, la va virando hacia la tragedia. Ya haremos en su momento la crítica de esta película de inminente estreno y que viene de ganar el primer Premio en el Festival de Cine de Comedia de Peñíscola. Pero queda aquí una muestra de buen humor dentro de esas miradas apocalípticas de tantos directores, y eso que él tampoco habla de cosas “bonitas”, pero sabe decirlas de otra manera: ejemplar, por ejemplo, su forma de retratar la dignidad de unos personajes (el chef de un hotel, el camarero “vituperado”) frente al arrivismo del protagonista.

Huesca camina ya hacia su tramo final. El viernes 13 serán las últimas proyecciones y luego sólo quedarán los premios. Huesca, todo un mundo de gente que vive y siente el cine.

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