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Sol, playa y cine
Escribe Marcial Moreno
Fotos Carmen Roser
(Peñíscola: 9 junio 2008)
En Peñíscola el cine tiene un duro competidor. Cuando el sol hace su aparición y las playas comienzan a estar apetecibles, hay que amar mucho el cine para serle fiel. O si no se es de playa, la brisa marina que, en los estertores de esta primavera tardía, regala sensaciones placenteras a quienes pueden disfrutar del paseo marítimo de esta coqueta ciudad. Es lo que tiene hacer un festival de cine en un lugar como éste. Por lo menos se trata de cine de comedia. Si se les hubiera ocurrido ocuparse del cine nórdico, pongamos por caso, el fracaso sería incontestable.
Pero quizá sea por la tradición, quizá por algún gancho que no acabamos de reconocer, o quizá, sin más, porque el cine interesa más de lo que parece, la asistencia a las proyecciones ha sido más que notoria.
Conversando con el director del festival, el actor Manuel Tallafé, quien ha desempeñado el cargo por primera vez en esta vigésima edición, nos apuntaba la sorpresa que él mismo se llevó cuando vio la buena acogida de la mayoría de los pases. Sobre todo si se compara con lo ocurrido en años anteriores, cuando la desolación era la tónica dominante.
¿Y a qué se debe el cambio? Para Tallafé la causa hay que buscarla en una mayor presencia de los medios de comunicación, sobre todo en la fase de promoción del festival, lo que vino motivado en parte por el hecho de que se haya nombrado un director que cuenta con cierta popularidad en el mundillo del cine, y que ha atraído la atención de sectores del público y la prensa que en otras circunstancias no se habrían dado por aludidos. Sea como fuere, ver a cerca de quinientas personas en un primer pase público de una comedia española, un viernes por la noche, como pudimos comprobar que ocurrió en la proyección de Mejor que nunca, no es cualquier cosa.
Las películas
La sección oficial del festival reunió a seis películas aún no estrenadas, lo que era motivo de orgullo para Tallafé, ya que, según nos dijo, a diferencia de los directores que desean estrenar como y cuando sea, los productores son muy reacios a llevar sus películas a los festivales antes del estreno, pues temen que una mala crítica arruine su carrera comercial.
Tres de esas películas eran españolas, pero finalmente el premio fue para la checa Yo serví al rey de Inglaterra, del veterano Jiri Menzel, a pesar de que, como nos contaron los miembros del jurado en la rueda de prensa en la que se dio a conocer el palmarés, se intentó premiar a una de las cintas españolas, porque para algo estamos en Peñíscola (?), pero la diferencia de presupuesto entre las nacionales y las extranjeras no lo hizo posible (??).
El premio a la mejor dirección también se fue allende las fronteras, en este caso hacia la industria americana, pues se otorgó el galardón a Noah Baumbach por su trabajo en la película Margot y la boda.
En cuanto a la interpretación, en hombres ganó Jesús Noguero por Shevernadze, y en mujeres Jennifer Jason Leigh por Margot y la boda, arrebatándole el premio a la magnífica Victoria Abril de Mejor que nunca (no sabemos si el presupuesto tuvo algo que ver aquí).
Además de la sección oficial, hubo otras dos secciones a concurso: la de nuevos realizadores, donde se pudieron ver seis películas españolas de directores noveles o casi noveles, todas ellas ya estrenadas en el circuito comercial, que optaban al premio Samuel Bronston, finalmente ganado por 8 citas, dirigida al alimón por Peris Romano y Rodrigo Sorogoyen.
La otra sección fue la de videoclips, que por primera vez se presentaba en el festival, y que premió, entre la mediocridad general, al único trabajo que mostró algún rasgo de originalidad y buen hacer, el correspondiente al grupo No reply. En cuanto al premio a la mejor telecomedia, recayó en Hermanos y detectives.
Al margen de los premios, se proyectaron otros dos ciclos: el de cine infantil, dirigido básicamente a colegios, y otros grupos de jóvenes, y que recogía una programación nutrida por los estrenos más recientes, y por lo tanto buscando el atractivo para ese colectivo de espectadores de hipermercado que en el fondo es el que está sosteniendo la industria; y el homenaje al montador José Salcedo, que sirvió para hacer un repaso fugaz pero no por ello menos interesante, a la historia reciente del cine español, con películas tan importantes como Demonios en el jardín, El desencanto, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto o Leo. Si no fuera porque el DVD e Internet han puesto al alcance de todo el mundo cualquier película, ésta hubiera sido una gran ocasión para reencontrarse con los títulos mencionados.
Los invitados
Todo festival que se precie ha de tener una alfombra roja, y por ella ha de desfilar alguna estrella. No sé donde está escrita esa regla, y tampoco sé qué aporta a la calidad de lo expuesto, pero así es.
Bueno, no seamos ingenuos, quizá no importa tanto la calidad como la repercusión mediática, es decir, la publicidad, y para ello no hay nada mejor que una cara conocida, una cara que salga por televisión, y así vendrán las televisiones a sacarla. O lo que es lo mismo, la televisión que busca a la televisión, o la televisión que se autoalimenta. En fin, ya me entienden.
Peñíscola lo fió casi todo a la presencia de Leslie Nielsen, a quien otorgó el premio costa de Azahar, pero no pudo ser, a última hora se descolgó del cartel alegando que el rodaje en el que trabajaba se había alargado y eso le impedía estar presente para recoger el premio, algo que deseaba mucho.
Tallafé nos confesó que en el fondo nunca confió demasiado en que viniera, pues en ediciones anteriores ya había ocurrido algo así con otras estrellas norteamericanas, y si a eso se añadía la avanzada edad de Nielsen, que viniese a Peñíscola era poco menos que una quimera. La opción era buscar un sustituto internacional a última hora para levantar un poco el glamour del festival, pero renunciaron a ello y prefirieron centrarse en las estrellas españolas, que ésas sí que no suelen fallar.
Haciendo un poco de la necesidad virtud, Tallafé apostaba para futuras ediciones por reinterpretar el carácter internacional del festival potenciando la dimensión internacional de lo español, lo que evitará decepciones como la de este año y además, y eso lo decimos nosotros, seguramente ayudará a cuadrar el presupuesto.
Y la verdad es que estrellas españolas sí que hubo. A muchas de ellas no las conocíamos, pero dedujimos que serían estrellas por lo solicitadas que estaban por la grey de quinceañeras que, armadas de cámaras digitales y móviles, las perseguían durante los prolegómenos de la ceremonia de clausura para arrancarles una foto. Luego nos dijo alguien que eran famosos y famosas porque aparecían en no sé que series de televisión. En fin, habrá que ver más la tele.
Entre los que tienen algo más que un currículum televisivo, pudimos ver a Saturnino García, en quien recayó el premio Pepe Isbert de este año, y al entrañable Jesús Guzmán, a quien concedieron el Calabuch.
Antes de la ceremonia de entrega nos confesaba estar harto de Crónicas de un pueblo, ya que iba por Madrid y tenía que oír una y otra vez, “mira, por ahí va el cartero”. Comparaba su situación con la de Antonio Ferrandis, quien, a pesar de su extensísima filmografía, no pudo desprenderse nunca de Chanquete. Jesús Guzmán nos pareció una persona extremadamente amable que constataba con cierta tristeza la mediocridad que se va adueñando del interés del espectador en este país. El valor de los actores y actrices parece que se ha trasladado a los alrededores de lo que ocurre en las cremalleras de sus pantalones. Al menos festivales como éste tienen un recuerdo para la historia viva del cine español.
El balance
Manuel Tallafé nos aseguraba que la sensación final era buena, se había cumplido con lo programado y reconfortaba enormemente la buena respuesta que el público había ofrecido. La edición de este año quería que fuese como una semilla de la que brotara el futuro del festival, que debía ser abordado como una reunión jovial y festiva de los cómicos de este país. Si tenemos en cuenta que el hilo conductor es la comedia, ¿qué mejor enfoque que este? Lo internacional, como decíamos, es poco menos que una quimera.
Sin duda, el buen rollito está asegurado, y la presencia de amigos dispuestos a echar una mano y de semifamosos ávidos de publicidad no faltará. Con ello se podrá seguir en esta línea, pero más difícil será que la semilla que el director del festival cree haber plantado este año produzca un frondoso árbol.
A pesar del aumento de público, el festival tendrá que limitar su crecimiento, pues se encuentra ante un obstáculo que no puede ser superado, el número potencial de espectadores. Peñíscola es una ciudad pequeña, y no puede dar mucho más de sí. Aumentar el número de proyecciones o el número de películas en los diversos ciclos es apostar por las salas vacías. O se hace un festival dirigido casi en exclusiva a la prensa, o se tendrá que seguir al ralenti, programando las actividades paralelas que se puedan, pero dosificando mucho el número de títulos y secciones.
Y eso a pesar de una organización que ha derrochado buen hacer, amabilidad y atenciones con todos los que por allí nos hemos movido. En este sentido la mejora también es muy difícil.
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