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A LOS QUE PIERDEN (Una visión incompleta del cine español en 1998)

 

Por Carlos Losada

Después de ver casi todas las películas españolas durante el año que ha terminado, realmente uno no sabe dónde empieza el cielo y cuándo termina el infierno. Cerca de 79 películas, tal vez alguna menos, desfilaron ante nuestras retinas; y si aún no están contaminadas o gravemente enfermas, es porque tenemos un sistema inmunológico a prueba de fotogramas pretenciosos, malsanos, absurdos, innobles, estúpidos, rechinantes, desaprovechados, contaminantes, viciados, ridículos, incompletos, nulos. Podemos hacer una lista para demostrarlo: La mirada del otro (Vicente Aranda), Manos de seda (Cesar Martínez), Los amantes del círculo Polar ( Julio Medem), Papá Piquillo (Alvaro Saénz de Heredia), Frontera Sur (Gerardo Herrero), Un buen novio (Jesús Delgado), Extraños (Imanol Uribe), Agujetas en el alma (Fernando Merinero), Mararía (Antonio Betancort), Cuando el mundo se acabe te seguiré amando (Pilar Sueiro), El milagro del P. Tinto (Javier Fesser), Cariño, he enviado los hombres a la luna (Marta Balletbó). Por supuesto que la lista podía duplicarse, cuando menos, y en verdad lo justo hubiera sido triplicarla. Y si algunas pueden intercambiar su contenido, lo que todas tienen en común es su inoperancia como cine, su nulidad como expresión artística y, con una excepción, su falta de contacto con el público, que también tiene derecho a equivocarse, faltaría más, como todos, afortunadamente, nos equivocamos.

Los mecanismos de selección, y de olvido, suministran oxigeno a nuestro organismo, y así podemos decir que hemos visto fotogramas que, si bien, nos agredieron, dejaron un poco de cierto interés fílmico, sociológico, realista, iconoclasta, esperpéntico, antiguo, ambicioso, interesante, divertido. Podían servir de ejemplo Tren de sombras (José Luis Guerín), Cuernos de espuma (Manuel Toledano), Barrio (Fernando León), Torrente, el brazo tonto de la ley (Santiago Segura), El evangelio de las maravillas (Arturo Ripstein), El abuelo (José Luis Garci), El árbol de las cerezas (Marc Recha), Lluvia en los zapatos (María Ripoll), La primera noche de mi vida (Miguel Albadalejo). Algunas podemos intercambiarlas, y en común tienen que están realizadas con la suficiente solvencia y el interés como películas distintas o a contrapelo. Esta lista podía incrementarse con títulos como Tango (Carlos Saura), y Páginas de una historia- Mensaka (Salvador García), en los dos primeros apartados, y en el último, eso de la diversión, La niña de tus ojos de Fernando Trueba, donde el público parece divertirse y la crítica, milagrosamente, se ha vuelto unánime, y sólo podemos achacarlo a la "cosa mediática"; porque diversión por diversión, preferimos Torrente... que no engaña a nadie, ni va de Lubitsch-Wilder por la vida, cometiendo toda suerte de tropelías con el idioma, la época y los personajes; el hecho de que la hayan premiado con siete Goyas nos lo confirma: al éxito por la mediocridad y el disparate.

Hemos tenido serias dificultades a la hora de saber si las que vamos a nombrar podían ser las mejores. Es que, de veras, eso de las mejores, como los premios, no deja de ser una anomalía. Digamos las menos malas, las que de alguna manera han aportado un granito de arena, o que han contribuido a ofrecernos facetas de nosotros mismos que teníamos en la penumbra; las que rodadas con solvencia y conocimiento, sí nos han podido enriquecer en nuestro trato con los demás. Citemos A los que aman (Isabel Coixet), Caricias (Ventura Pons), La hora de los valientes (Antonio Mercero), Los años bárbaros (Fernando Colomo). Ninguna es una película redonda, o perfecta, pero son interesantes, y pese a sus defectos, debieron tener un poco más de suerte a la hora de su lanzamiento, exhibición y críticas complacientes; de ella saldría un de los Goyas, uno de los pocos premios serios y merecidos: Adriana Ozores (La hora de los valientes)..

El cine debe verse cada día como si fuese la primera vez que nos asomáramos a una pantalla; es una de las mejores formas para la no contaminación y el aprecio que los nuevos fotogramas pueden darnos. Y ya ven, no ha sido un año tan malo. Claro que, los esperamos mejores, sin esas interesadas polémicas de los Goyas, mensajeros, directores, productores y presidentes no diciendo la verdad, y todos arrimando el ascua a su sardina para los que puedan pescar, en clara propensión a santificar lo comercial por encima de todo lo demás. Por favor, dennos cine; el resto es silencio. Y es por lo que, obviamente, dedicamos esta visión a los que pierden


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